miércoles, 26 de septiembre de 2018

PRIMAVERA



La tierra da vueltas cargando a su séquito de seres vivientes entre los que estamos incluidos, sin que siquiera nos percatemos de la velocidad a la que viajamos por el infinito que se nos antoja azul celeste, siguiendo una órbita imaginaria.
Y ahí vamos. Dando vueltas, centrifugándonos al tiempo que nos desplazamos, con los pies y las raíces  aferrados a la superficie, sin quedar  en ningún momento patas arriba y sin caer a ningún vacío.
Sin que - por suerte-  el agua de océano alguno se derrame en el espacio sideral, esparciendo todo tipo de peces y ballenas, salpicando lunas, estrellas y hasta peligrando apagar el único sol que por ahora tenemos.
Sin que los pelos se nos batan o se nos vuelen los sombreros. Sin que salgamos despedidos y despatarrados, aventados quizá hacia qué mundos ignotos.
Ahora nos toca asomar por el  lado más cercano al sol, a raíz  de un eje imaginario que está algo inclinado.
Y de pronto toda la vida florece, siente la necesidad de multiplicarse y estalla en una explosión de colores y aromas.
Yo no sé si habrá un ojo gigante que nos ve dar vueltas enloquecidos en un pedazo de roca redondeado de tanto girar, mientras vamos  anotando escrupulosamente ese tránsito en un cuadro al que llamamos calendario.

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