sábado, 22 de junio de 2013

LA REBELIÓN DE LAS GOLONDRINAS (Cuento)

                                                         

                                        
Anduvieron revoloteando toda la tarde. La voz continuaba corriendo en la comarca: sólo una pareja de cada especie podía embarcarse. No querían dar crédito a las murmuraciones pero no dejaban de ser preocupantes.                                                                                                                               ¿Que nadie se salvaría del diluvio? Siempre habían vivido en bandada sobrevolando juntas  grandes mares desde tiempos remotos, según los relatos escuchados de sus progenitores por generaciones y generaciones sin perder jamás la orientación pese a vientos y tormentas, y si bien era cierto que año tras año algunas morían en la travesía nunca dejaron de ser colonia.                                                                                         
Aquí nacían sus polluelos y los alimentaban con devoción hasta verlos fuertes y llegados los primeros fríos emprendían todas el gran vuelo. Del otro lado de las aguas inmensas esperaban los viejos nidos en las grutas y eran reconstruidos cada primavera. Retornaban a su antigua morada guiadas por la ancestral llamada de la memoria genética. Era un ciclo que nunca se había interrumpido desde que se tuviera memoria en la bandada. Llegó el crepúsculo y las dos seguían mirando los huevos, abstraídas e inquietas.  Tres hermosas gemas brillando entre los reflejos del sol que se alejaba en la tarde. A través del silencio de la hora se oían golpecitos apenas perceptibles tras los cascarones anunciando la eclosión y el instinto propio les anunciaba que estaban próximos a nacer.                                                                                                                                                             No. No se empadronarían en ese absurdo viaje. Si era su destino morir bajo el agua lo aceptarían, pero no estaban dispuestas a abandonar sus huevos.                                                                                                               Saltaron de unas ramas a otras, picotearon algunas larvas y luego volvieron a quedar pensativas frente a la entrada de la cueva, oculta entre las barrancas. Nunca  temieron a las lluvias, no había de qué preocuparse mientras sus alas pudieran batirse en vuelo. Esa noche durmieron más acurrucadas que nunca, dándose calor y tratando de transmitirse tranquilidad y sosiego mutuamente. Los huevos bajo sus cuerpos cálidos estaban a salvo.                                                                                                                                                                                Al día siguiente muy temprano pasaron las loras hacia el norte, parloteando alocadas, alborotando la quietud y anunciando tormenta. Aseguraban que se estaba armando una gigantesca barca y desde los hombres  hasta la más diminuta de las hormigas sabían la noticia: el diluvio se avecinaba y todos morirían bajo las aguas menos la pareja que el dueño de la barca eligiera.                                                                                                                                          El panorama era poco alentador. La salvación, de ese modo, era inadmisible. O se salvaban todas o todas desaparecerían bajo las aguas para borrarse definitivamente de la faz de la tierra.                                                                                                                                                   Esa misma tarde se llamó a reunión. El Concejo de Ancianos resolvería el dilema. Primero hablaron sólo los miembros y luego fue llamada la comunidad entera mientras los polluelos permanecían en los nidos vigilados por la Patrulla de Alerta, encargada de dar la voz en caso de peligro. No fue fácil tomar una decisión, pero en algo todos estuvieron de acuerdo machos y hembras,  jóvenes y viejos: nadie estaba dispuesto a elegir una pareja para ser responsable de la descendencia futura.  A la hora de votar para embarcarse ninguna lo hizo y un gran silencio cubrió la Piedra del Concejo con su absoluta unanimidad.                                                                                                                                        La decisión estaba tomada. La más anciana subió al púlpito de roca y pronunció una larga arenga proclamando la unidad, la solidaridad, las leyes y principios que siempre habían regido a la bandada. Nadie se embarcaría en ese peligroso armazón que ya muchas en el bosquecillo habían visto. No podía, el dios de los pájaros condenarlas a la desaparición de  esa manera caprichosa y arbitraria puesto que siempre habían sido aves de paz y auguraban la llegada de la estación fecunda dondequiera que arribaran. Si los designios estaban ya escritos, así lo asumirían, pero no tenían por qué temer castigo, estaban plenamente convencidas de que no eran merecedoras.                                                                                                                  Pasaron algunas semanas, la nueva camada crecía sana y fuerte. Siguiendo las órdenes del Concejo de Vuelo sobrealimentaron a las crías para acelerar el desarrollo. El día del primer planeo llegó rápidamente.  Una madrugada, antes de la hora de abandonar los nidos se desató una fuerte tormenta. Comenzó a llover de una manera nunca vista. Rápidamente se empezaron a divisar  ríos y charcos de aguas oscuras por donde extendieran la mirada. Los primeros días sucedieron en calma, se podía volar  por comida y llegar nuevamente a los refugios. Pero según fueron pasando las jornadas la tierra comenzó a inundarse y poco de ella quedaba a la vista. La Patrulla Exploradora vio partir una gran embarcación bamboleándose por las corrientes, el viento y la gran carga de animales y provisiones. No salieron para el saludo suponiendo que aquel Patriarca obligaría a  una pareja a subir a bordo. Desde las bocas de las cuevas los vieron partir en medio de gritos y llantos. Lo que percibieron desde la altura de las barrancas en los siguientes días fueron imágenes de terror nunca narradas en el Antiguo Testamento ni en relato alguno. Asnos, fieras y reptiles, coleópteros y saurios, niños y ancianos gimiendo de hambre y desesperación para sucumbir finalmente tragados por las aguas y los aludes. Una mañana sorprendió a la Patrulla de Guardia un silencio aterrador. Nada quedaba a la vista, sólo ellas con las aguas aproximándose a las cuevas peligrosamente. Inmediatamente se dio la orden de salir de los nidos para emprender el vuelo sin rumbo fijo. No seguirían el derrotero habitual de la migración, sino hacia donde se viera algo de tierra firme para detenerse a descansar, alimentarse, curarse si era posible y beber.                                                                                  Después ya poco se recuerda. Cuando no encontraron islotes donde descender quedaron libradas a la fuerza de las alas. La lluvia permanente no favorecía la marcha, algunas perdieron el rumbo, otras cayeron muertas de cansancio,  inanición  y desesperanza. Fueron perdiéndose de vista las enfermas,  las ancianas,  las más débiles. Las que aún sobrevivían no tenían gran experiencia en vuelos y comenzaron a comunicarse a través de unos graznidos que nunca antes habían oído pronunciar a sus mayores,  estaban inventando un nuevo dialecto. Sus plumajes que siempre habían lucido brillantes colores comenzaron a oscurecer día tras día hasta derivar en negro de una opacidad que se confundía con el cielo, con unas pocas plumas blancas que podían ver y seguir en la oscuridad. Perdieron la noción del día y la noche, no podían pensar en alimentarse ni descansar, sólo seguían repitiéndose: vuela, vuela, vuela...en una marcha de monotonía e inercia, hasta que  una tarde un tenue rayo de sol se coló entre las nubes. Fue el comienzo de la bonanza. Siguieron días frescos y cesó la lluvia, pero antes de que aparecieran las primeras ramas de los árboles pasaron aún varios días. Una tarde vieron una mancha oscura sobre la superficie anegada y pensaron que se trataba de la sombra que proyectaban sobre las aguas o simplemente su reflejo,  pero una de ellas se dio cuenta que mientras avanzaban la mancha se alejaba, entonces comenzó a dar voces y chillidos de ¡Regresen! ¡Regresen!                                                                                          Volando en círculo comenzaron a acercarse y comprendieron que se trataba de una montaña que por fin emergía de las aguas. Descendieron y descansaron un largo día con su noche, sin pensar siquiera en hacer guardias o vigilancias por los peligros. Ni bien salió el sol desperezaron sus alas y agradecieron estar vivas. Luego se acercaron a un bosque de olivos emergente donde decidieron refugiarse. Se reunieron para organizarse de alguna manera y cuantificar las pérdidas. No había peligros en los alrededores pues no se veía animal alguno con vida. Se alimentaron de hongos y raíces y creyeron que eran las únicas sobrevivientes. Esa mañana vieron volar a una paloma sin rumbo y comenzaron a llamarla con graznidos. Al ver que no las veía ni oía, dos de ellas  salieron a su encuentro con  una rama de olivo en señal de paz y bienvenida. El ave la recibió y partió luego de detenerse por unos minutos. No le hicieron preguntas por temor al Patriarca, pues supusieron que se trataba de una tripulante extraviada del Arca. Nunca más supieron de ella.                                                                                                                Después llegaron los días del Mundo Nuevo. Trataron de olvidar los malos momentos y volver a empezar. Como siempre que llegaban a un sitio comenzó la primavera, ese era el designio ancestral y por lo visto no había cambiado. Jamás se preguntaron si el dios de los pájaros las perdonó por su desobediencia, si fue real lo de la barca de salvación o sólo una premonición casual de algún ser ilustrado. Lo cierto es que cada primavera es anunciada por las golondrinas, y cada otoño parten cruzando el océano y siguiendo el inexplicable llamado instintivo de preservar el linaje. 
                                                                                                            
                                                                                                              Nancy Mansur