jueves, 9 de enero de 2020

AMORES IMPOSIBLES

Equilibrista desarticulado.
La piel toma el timón  y el corazón no entiende.
Tentación implacable.
Búsqueda atormentada de la redención en la parte más delgada de la cornisa.
Fuga de la razón.
Sinsentido.
Amores imposibles que mantienen el alma brotada de poesía, desbocada, en vilo, salvajemente tironeada.
Temblor por todo el cuerpo, miradas que se encuentran, se meten en las almas, las devoran, les quitan el aliento y les impiden liberar la palabra.
Imán que va quitando resistencia.  Goce y dolor entrelazados.
Y la conciencia ahí, ojo enorme temerario y justiciero gritando al oído
No podés, no debés, no, no, no.
N.M.

ALGARRROBOS



Hemos plantado los nuevos árboles, tres pequeños algarrobos.
Ha sido un día célebre.  Pensamos en nuestro nieto que nació en el tiempo de estos retoños. 
Y también en las cigarras.
Tal vez justo hoy una cigarra futura busque fecundidad bajo estos arbolitos, y dentro de diecisiete años salga a entonar su canto áspero, ensordecedor y verde para madurar las algarrobas.
La vida tiene sus tiempos.
Somos nosotros, somos hijos, somos nietos.
Somos un ciclo.
Cuando nada de nosotros quede, tal vez un gen corra por arterias jóvenes. 
Tal vez estemos ahí, a la sombra de un frondoso algarrobo, hechos canto de cigarra, madurando en una baya. O no.
Nadie puede quitarnos el derecho a la ilusión.
N.M.

NO SÉ


No sé cómo se escribe esa poesía
que te parte en pedazos
te rompe y te desgrana
desde adentro
desde el empeine de la suela
a la sal del sudor de ceja y ceja
que corre y que se escora por la espalda
se licua de golpe
por un poro en finitos lacrimales
hasta el rincón pesado del olvido
que no tiene piedad ni se disculpa
que te desnuda en vivo y te desangra
y de nuevo te encarna emulsionando las palabras
que callan lo que dicen
que dicen lo que callan. 
N. M.

ARENA Y CAL


Te felicito a vos, porque las cosas no salieron como lo soñaste. 
Porque pusiste todo tu esfuerzo, tu llanto, las suelas de tus zapatos, tus uñas y tus dientes y con eso y todo, no alcanzó.
Te felicito, te abrazo y seco tu llanto que no tiene ninguna razón.
Ya evacuó el desencanto.
Ya puedes poner en ese espacio una ilusión nueva.
Soñaste.
Creciste.
Aprendiste.
Abrazaste.
Finalmente soltaste, dolió, y dolió mucho.
Yo sé cuánto.
Pero ahí estás.
No perdiste.
Creaste un lugar nuevo donde  volver a procesar sueños, una matriz bruñida de fuerza y madurez.
Te felicito, te escucho y te abrazo.
Porque ahí estás, list@ para empezar de nuevo.
Y de eso se trata la vida.
¿Quién te dijo que todo está perdido?
N.M.

NADA


Una ausencia de hijo
otra ausencia de padre
y para colmo llueve
-es invierno en el sur-
Tengo un silencio antiguo
un llanto inconsistente
¿Es desierto? ¿Es bruma?
Es simple soledad.

GENTE DE TIERRA ADENTRO


Si usted se dirige desde Córdoba Capital hacia el noreste por ruta 17, se va a encontrar con un pequeño pueblo mesopotámico llamado Marull, ubicado entre los ríos Suquía y Xanaes próximos a sus desembocaduras, colgadito ahí al sur del Mar de Ansenuza.
No le miento si le digo que es una sucursal, por no decirle que es el mismo Paraíso Terrenal.
La mayoría de los habitantes son descendientes de piamonteses, aunque también algunos migraron desde Líbano (el caso de mis abuelos), Croacia, España, Alemania, entre otros.
Una familia llegada desde Florida de Liébana, los Medina, españoles y salamantinos, se establecieron en la zona rural de este pueblo dejando como legado a sus descendientes una costumbre que en España es "La matanza", pero aquí se conoce como "La carneada", prevaleciendo la expresión  usada por los gringos (así llamamos  a los descendientes de italianos exclusivamente).
Ya verá usted, si ésta no es gente trabajadora y de celebrar la vida, dígame qué es.
Todos los años entrado el invierno establecen la fecha de la carneada, que se lleva cabo entre junio y agosto.
Eligen los mejores chanchos que ellos mismos crían  y ceban con una dieta especial, grano de buena calidad y terminados con maíz, nada de soja ni alimento balanceado.
Los preparativos llevan varios días. Primero se hace la lista de tareas como afilar cuchillos, lavar  tarros, limpiar y cortar cebolla de verdeo y acelga para las morcillas, pelar ajos, moler pimienta, nuez moscada, ovillar hilos.
Luego la lista de la mercadería para la compra grande: todo de buena calidad y sin mezquinar, que después no se diga que en la carneada faltó bebida o comida, “más bien que sobre y no que falte”.  Vino, gaseosa, fernet, bebida blanca, además de todo lo necesario para cocinar y limpiar.
Y finalmente la lista de la  gente hablada, comprometida y confirmada.
Durante el primer día se lleva a cabo la matanza y pelado de los cerdos, tarea de los hombres, para luego despostar y descarnar, se cocinan los cueros y llegada la noche, todo se extiende sobre las mesas para  que repose y se enfríe.
Algunas mujeres recogen  la sangre ni bien se degüellan los animales, hacen morcillas y limpian tripas, mientras otras preparan tallarines con salsa y carne mechada para el almuerzo. El postre generalmente se ha preparado de antemano. Entre tanto otras derriten grasa en grandes ollas, sin descuidarla un momento, ya que en ocasiones empieza hacer espuma y levantarse, según dicen, debido a que el animal había sido malo o era una  chancha preñada. Cuando está lista se cuela, se prensa, y todos se acercan a probar el chicharrón caliente y sacar alguna foto.
Más tarde se reparten pastelitos y empanadas como merienda y la cena consiste en milanesas con puré o ensalada. El segundo día el desayuno se sirve temprano,  antes que salga el sol ya debe estar listo. Es muy completo: queso, dulce y café con leche, chicharrón,  además de huevos fritos y los lomitos del cerdo a la sartén con  ajos.
Enseguida los hombres se dedican al  picado de la carne, el corte de la grasa ya fría en dados y el trabajo de embutir.
En los primeros tiempos todo se hacía con máquinas manuales, pero hoy se utiliza embutidora, cortadora de dados (esos cubitos de grasa que tienen los salames) y sierra, todas eléctricas.
Un momento clave y central es el de condimentar, en el que  el "dueño" dosifica sal, pimienta, nuez moscada y demás aderezos  que luego darán el sabor "justo", como los hacía el abuelo. Es un lapso de silencio y concentración.  Una distracción podría dar por tierra con toda la carneada, desbaratando dinero, tiempo y sobre todo el sabor justo que sólo el respeto estricto de la fórmula garantiza.
Las mujeres se ven más aliviadas recién a  la hora del almuerzo, ya que se come el asado y se prueban los chacinados.
En el galpón los hombres hablan de cosechas o molinos, y de esos temas que siempre me han causado curiosidad y no me he atrevido a escuchar ni abordar porque  siento que sería violar algún pacto de caballeros. Lo que sí sé es que se ríen mucho.
En la cocina y en el patio se comentan en voz baja y con mucha discreción las  novedades del pueblo, quién se casó, quién se separó, a quién corrieron de la casa, quién está internado grave o ha muerto.
Durante todo el día el mate anda de mano en mano, con distintas cebadoras y estilos, bastante engrasado como podrá usted imaginarse.
La carneada es un ritual. No se trata de matar chanchos para hacer embutidos. No señor. Esto es una tradición, una cultura transmitida de padres a hijos generación tras generación y traída a través de los siglos, luego de haber cruzado el océano. Transcurre en un clima anacrónico, sin apuros ni vaivenes urbanos, sin relojes. Ahí es donde reside la magia, en reflotar un pasado que nunca termina de pasar. Durante los días posteriores ya tendrá usted  tiempo para ir quitando la grasa de los muebles, los picaportes de las puertas, los pisos y para los comentarios.
Mientras los cuerpos trabajan subiendo, colgando, pesando y bajando medias reses de los aparejos, amasando y mezclando las carnes molidas y las grasas cortadas en dados sobre los tablones de madera, las bocas se hacen tiempo para, entre trago y trago, contar cuentos o historias, a veces reales y otras veces fantásticas y algunas otras mitad y mitad, bien adornadas. Pero el momento mejor para esto, es el de las sobremesas, cuando los licores van dejando a los comensales relajados y más sueltos de lenguas y se animan a hablar ante el auditorio, aunque sólo algunos tienen ese don, los demás son sólo oyentes.
Allí convergen personas de varias edades y generaciones. Los de setenta años para arriba son los invitados especiales, respetados y escuchados, pasean desde la cocina al patio y al galpón, disfrutando y contando sucesos de carneadas de otros tiempos, como don Zenón Tisera.
Les siguen los que dirigen las faenas, dan las órdenes, dosifican los condimentos, entre los que está por lo general el dueño.
Hay otra generación que tiene a cargo las tareas pesadas, son jóvenes, fuetes y ágiles. Y está toda la chiquillada de ahí para abajo, que disfruta mirando, paseando a caballo, comiendo y bebiendo lo que se le ocurre, sin límites ni restricciones. Estos chicos no se despegan de sus teléfonos ni siquiera durante las comidas, de pronto empiezan a enviarse videos raros, como que alguien no sé dónde se tomó  una gaseosa y luego se comió una pastilla de menta y le  explotó el estómago fatalmente.
Y es a raíz de escuchar eso o verlo de reojo, que a don Zenón, hombre de experiencia y un tono de voz que invita a escuchar, locuaz y categórico en sus discursos, le vino a la memoria un caso verídico, a través del cual puso matiz a una de tantas carneadas a las que asistí, y que en mi afán por atrapar historias y personajes, me pareció  oportuno dar a conocer, no sé si como un hecho real o como producto de la imaginación de un respetable hombre de campo.
En plena sobremesa y en medio del silencio y la atención de todos, contó algo que le pasó hace poco tiempo, con su caballo el Doradillo.
Resulta que el pobre animal empezó a sentirse mal, estaba duro, se quedaba empalizado y se pateaba la panza. Sabido es que esos son los síntomas del bicho del cuajo. También es sabido que para dicha dolencia no hay remedio más santo que darle de beber sulfuro mezclado con agua, tumbándolo y obligándolo a ingerir todo el líquido.
Pero llegó un vecino inoportuno justo cuando el animal acababa de beberse toda la dosis y le aseguró a don Zenón que el mal que estaba aquejando a su caballo no era el bicho del cuajo sino el moquillo, y que el remedio apropiado para el caso era hacerle aspirar humo de eucalipto. Ahí nomás, mientras lo iba escuchando, y en su afán por aliviarlo, don Zenón amontonó con la alpargata un poco de hojas secas del suelo y les prendió fuego. Cuando el pobre Doradillo aspiró la primera bocanada todo sucedió en una fracción de segundo: el estallido, el estampido y el saltar de extremidades y bofes equinos por todos los alrededores, quedando esparcidos a varios metros a la redonda,  enganchados en las aspas del molino y en las ramas más altas de los eucaliptos.
Después de unos largos segundos atravesados por un silencio que podía tocarse, nadie atinó a mirarse a la cara ni hacer comentarios. Fueron tomando sus gorras o sombreros del perchero y salieron cada cual a lo suyo, dando fin a la memorable sobremesa.
                                               




viernes, 23 de agosto de 2019

NO PUDO SER

Se dice que una vez
cuando las almas
eran libres
se soltaban de un cuerpo
se prendían en otro
podían compartirse
repartirse
como pan y baraja
existió una mujer enamorada
que intentó andar sin alma
desde que un viejo amor
se la arrancó de cuajo
y se marchó con ella dentro.
Después tuvo otro amor
que le entregó la suya
ella no lo advirtió

seguía ahí
sin poder cohesionar
sus huesos con su adentro
andaba puro cuerpo
puro fuego
puro beso y dolor
buscando el alma.
La vida se le fue
llevando ahí ese hueco
ese nido de ausencia.
Hasta que regresó
aquel viejo amor
se acercó, la abrazó
y ella creyó
que al fin podría re fundarse
pero algo se rompió
cuando entendió
que él no se la robó
que ella se la entregó
sin que él se  la pidiera
y sin saberlo él
anduvo por la vida.
Ella volvió a su amor enamorado
con el alma en la mano
y aquél cansado de buscar
muy dentro de ella
lo que nunca encontraba
ni el alma que él le daba
cuando a ella le flaqueaba
se resignó a entender
que ella
jamás se había dado cuenta.
Y la dejó.



lunes, 29 de julio de 2019

PAYANA

He salido con los niños por las calles de mi pueblo.
Nos detenemos en las cercanías de antiguos pasos de trenes a juntar piedritas pulidas.
Hablamos de las reglas del juego.  Las echamos a volar por el aire sin perderlas de vista, tomando, juntando, esperando el turno.
La payana es ahora el tren. A mí me lleva a la infancia.
Ojalá deje a estos niños a la orilla de un poema.

miércoles, 29 de mayo de 2019

LAS COSAS QUE NO OLVIDO


Hay muchos sucesos y momentos que pasaron por mi vida de manera lisa y llana, sin dejar rastros a la vista aunque quizá se hayan guardado y de alguna manera sigan latentes en uno de esos recovecos de la memoria.
Pero hay otros que siguen ahí, retornan al presente siempre tal y como sucedieron. Aunque respecto a eso me permitiré un margen de incertidumbre. Algunas veces he pensado si de verdad sucedieron así o en parte son la reconstrucción de algo que sucedió de otra manera, tal vez la vi desde un ángulo algo rotado, tal vez con el correr de los días y los años se fueron desgastando las luces y las sombras de la imagen original, corriéndose hacia otro punto el haz de luz que las develaba en un principio, lavándose con las lluvias de la nostalgia, destiñéndose por el efecto de  soles ardientes a veces, pálidos otras, húmedos en algunos otoños, durante el transcurrir incesante de la vida. 
Una mancha por aquí, un borrón por allá, un raspón en un vértice del plano estático que soporta la imagen, el retrato holográmico.
Ahí están las cosas que no olvido. Son las que siempre me han ayudado a levantarme y seguir caminando, por eso me detengo en los detalles aunque el tiempo haya pasado. Aunque cambie mi mirada. Aunque mis ojos experimentados y gastados hagan su propia lectura.
Mis memorias son tesoros que aún puedo descubrir de tanto en tanto corriendo con cuidado la cortina atardecida que las  guarda.
                                                                                      Nancy 2019

CUADERNO


Por la  arista delgada
de un cuaderno de infancia
se escabullen recuerdos
escapan remembranzas
resbalan por los planos
de blanco y raya recta
deslizándose  mudos
renglón abajo.
En medio de una selva
marchan enmarañados
ogros erráticos
caballos voladores
de proporciones raras
brujas montando escobas
-desorientadas-
y despiertan mañanas
entre soles radiantes
y montañas nevadas
con valles colorinches
y ríos congelados.
Casas con chimeneas
de humo estático
hilachas de cometas
escombros de castillos
tumbas de caballeros desarmados
tronos enmohecidos
de reyes destronados.
Cuadernos que bordados
de idilio adolescente
fueron abandonados
con su rima imperfecta
inacabada
y sus flores resecas
finalmente olvidadas.
Si pudieran hablar
los cuadernos guardados
liberar cada letra
y sacudir al viento sus secretos
un murmullo agobiante
inundaría el mundo
bares, plazas, jardines...
Un perfume de antaño
lo arrollaría todo
y cerrando los ojos
cada quien osaría
retrocediendo el tiempo
revivir sus olvidos.     
        Nancy M

ESQUINA


En mi pueblo hay una esquina inusitada.
Cada año durante los  equinoccios, aparece en ese punto una persona que nunca antes ha sido vista por ningún habitante. Siempre es alguien diferente, indefectiblemente seductor y extremadamente hermoso.
Hace su ingreso al planeta en el momento exacto en que el sol forma un eje perpendicular con el ecuador, de modo  que éste corta la eclíptica.
Si casual o deliberadamente  alguien acierta pasar por ahí justo en ese instante, queda atrapado por el resto de su vida en las redes de un amor imposible. 
El desafortunado sujeto estará condenado a vagar perpetuamente buscando un querer perdido, corriendo para siempre detrás de una ilusión inalcanzable, llorado mares, escribiendo poemas interminables y consumiéndose en los fuegos de una pasión no correspondida.
Todos los habitantes podrían evitar dicho cruce de calles o, en caso contrario pasar por allí a propósito, ya que hay quienes han manifestado que les gustaría  experimentar los encantos de un amor imposible, que se sabe desde siempre, son los únicos perfectos. Pero sucede que año a año y estación tras estación, el punto  ha ido cambiando su ubicación.
Una primavera se dio en Chacabuco  y Mariano Marull. Justo  pasó por ahí Julio Bergmann y a partir de entonces su vida se convirtió en un verdadero infierno.
Enamorado perdidamente de Lucía Santos Rega, vagó indefinidamente suspirando por esa hermosa mujer que nadie había visto jamás.
Todos los bares del pueblo conservan el recuerdo de Julio Bergmann llorando de pie ante una barra, consumiendo cientos de cigarrillos, olvidando poemas en las servilletas, buscando en cada mujer el rostro de la añorada Lucía Santos Rega.
Una mañana decidió terminar para siempre con su eterno sufrir.  Quemó todas sus memorias de confesiones inconfesables y me hizo jurar que jamás revelaría el secreto de las coordenadas.
Ciertamente yo juré y jamás ha cruzado por mi cabeza revelarlo.
Pero ya hace varios otoños que estoy buscando desesperada e inútilmente a Julio Bergmann.
                                                                                                                   Nancy

MADRE


Reloj de luz
calendario de espejos
nueve lunas
dos lunas en los pechos
en el ombligo un sol
y un cordel de plegarias.
Anidada en tu vientre
sentí tus ganas de mirarme
y de pensarme un nombre.
Tu miedo a desmayar.
Vestida de bravura
pariste  tu versión más  temeraria
y fuiste mutación
mansa  y creyente
rezando ante mi cuna.
Barrilete en mi azul de primavera
paño frío en la fiebre de mi frente
ala tibia en el viento de mi otoño
ardiente hoguera en las noches de mi  invierno
y en los inviernos de mis  noches
masaje sanador.
Te fuiste y no te vas
ahí andas atrapada
abrazadita a mí
latiendo siempre.
Yo sé bien que percibes
esta mi sed de envolverte y ser tu abrigo.
Y aquí vas a mi vera
y a mi adentro
dejándote llevar en mi regazo.
Tiempo invertido y circular
redondo abrazo
Infinito y perfecto.
Sólo unas vueltas más
para el encuentro en tu otro plano
madre.

A UN AMOR, para Jorge


Este amor de verdad
no sabe de catorces ni febreros
simple y desnudo amor
sin maquillaje
sin máscaras ni tacos
sin escoba de bruja
ni galera de mago.
Es amor sin atajos,
flor asomada apenas
a una mata dulcita
de yuyito de campo.
No alcanzan los sentidos
para poder decirlo
va más allá del roce, las miradas,
los aromas, sabores y cantares.
Tromba, huracán, bonanza
lluvia y tierra mojada
explosión de volcanes y centellas
tibio sol de la escarcha
llanto, risa y abrazo
y latidos rompiendo a borbotones
los parches del placer en su expresión suprema.
                                                                    Nancy 2019

Teoría sobre sueños. Hipótesis, conjeturas y especulaciones.


Se sabe, de acuerdo a relatos de personas catalogadas como confiables, declaradas grandes soñadoras, que hay sueños de toda laya y pelaje.
Algunos se cumplen demasiado tarde y cuando llegan tienen un sabor amargo. Son los que se sueñan con resaca y el estómago lleno durante una  noche mal dormida.
Hay otros sueños que se cumplen en tiempo y forma, pero son tan sensatos y derechos que ahí nomás como dejan de ser sueños se convierten, con su correspondiente desilusión, en un bollo de papel y terminan -en el mejor de los casos- en algún cesto, cuando no en un decoroso contenedor, para llegar finalmente a un basural a cielo abierto.
Están los que se sueñan repetidamente, son recurrentes. Éstos son sueños pacientes, van dando nuevas oportunidades de vivirlos y revivirlos noche tras noche, incluso se suelen soñar en las siestas de verano que por lo general son las más prolongadas.
También entran en la categoría de sueños aquellos que nunca fueron soñados pero que de golpe se hacen realidad. Éstos desconciertan y asombran, y llevan un tiempo relativamente largo en entenderse como tales.
Otros son los sueños que nunca son recordados por no haber despertado a tiempo, o haberlo hecho por un corto lapso sin tener a mano lápiz y papel o algún tipo de anotador electrónico, de manera que no hubo ninguna posibilidad de apuntar aunque sea una palabra para poder recordarlo al otro día, entonces el sujeto sabe que soñó pero por más que se esfuerce no consigue elucidar de qué demonios se trataba su sueño.
Existen los sueños alunados, cuyo origen del nombre deviene  de la conocida acción de correr detrás de la luna, y mientras el soñante más corre, más se apura el sueño-luna, cuestión determinante de que nunca se haya sabido de alguien que haya alcanzado uno.
Los sueños simultáneos, son esos que se van soñando y viviendo al mismo tiempo y que llegado un momento la persona se empieza a preguntar si de verdad estará despierta o dormida, considerando que para soñar es necesario estar dormido o por lo menos en un estado de vahído o algo así.
Los sueños rotos, siempre son malogrados en la mejor parte de la acción debido a alguna desatinada perturbación: la repentina llegada de un amigo, la irrupción de algún taladro mecánico o artefacto rompiente, un inoportuno despertador o miles de otras desafortunadas causas. Se podría asegurar que todos los humanos, cual más cual menos, tienen en su historia personal al menos un sueño roto.
También se ha sabido de sueños sincronizados. Suelen experimentarlos personas que comparten tiempos, espacios y acciones por períodos prolongados, incluyendo noches y siestas, durante las cuales sueñan lo mismo pero cada cual desde su perspectiva y al despertar casi al mismo tiempo comunican sus aventuras deliradas, opinando y argumentando sus puntos de vista.
Los sueños mágicos, salidos de las galeras de magos entrenados, ilusionistas que con mucha precisión muestran su ensoñación como una realidad y de tanto trabajar en esto, ellos mismos se los terminan creyendo.
Magia  que nada tiene que ver con la de los soñadores natos, ya que estos jamás fueron entrenados en el arte de trocar ilusiones por realidades y sin embargo lo hacen tan bien o mejor de lo que lo haría un acreditado mago de sueños.
Un lugar preponderante ocupan los sueños inenarrables. Tienen la particularidad de poderse  soñar estando despierto. Pero por alguna razón no revelada, jamás han podido contarse. Dicen que en toda tumba hay por lo menos uno de estos sueños.
Y podríamos seguir enumerando y conjeturando indefinidamente.
Lo cierto y concluyente es que los sueños son sueños y cada quien es dueño de acomodarse a ellos como mejor le queden, ya que es imposible manejarlos. Entran sin permiso en las vidas y ya no hay cómo quitarlos.
Los psicólogos y parapsicólogos, videntes y pitonisas, astrólogos, alquimistas, chamanes y hasta los politólogos han intentado descifrar la causa, el significado y las consecuencias de los sueños y su transformación en realidad, pero no han logrado hasta la fecha ponerse de acuerdo en la redacción de un tratado acerca del asunto.            
                                                                                       Nancy


NIÑOS ROTOS

Ángeles mutilados
alitas quebrantadas
surcando los rincones
de qué abatidos cielos
andarán.
 Quién los abrazará
cuando tiemblen de invierno
y arropará de besos
su indefenso dolor.
Marionetas vejadas
avecitas heridas
muñecos lastimados
quién los podrá sanar.
 Pétalos arrancados
hojitas pisoteadas
siguiendo los recodos
de qué vientos errantes
rodarán.
                                  N.M.

PENSARES


EXTRAVÍO
Lloró recordando lo que poseía hace diez años y hoy ya no está en su vida, no pudo reír por lo que tiene y no tenía entonces.
Olvidó que hace diez años se encontraba llorando por lo que había perdido tiempo atrás, sin advertir la presencia de lo que hoy añora.
Se extravió por los senderos del tiempo.      
                          N.M.





ANACRONISMO
Entreabrí  la ventana
se me coló un otoño desfasado
y pensé en los destiempos
en las llegadas tarde
o en las vísperas
en tantos desencuentros
en lo que quiso ser y nunca pudo
en lo que pudo ser y nunca quiso.
En el anacronismo de las almas.
N.M.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

CRÓNICAS


La rutina del mate en la cama
crónicas tempranas de un diario virtual
arde la polémica del gran ojo humano
distancias globales tiempos digitales          
lluvias generales la muerte de un juez.
La vista se asoma rebota y espía  
las ventanas frías de los receptores
niños con linternas cazando en la noche
ratones que asados  saben a manjar
de señores ricos que en los restaurantes
canjeando miserias un dólar les dan.
La pantalla táctil parpadea  y muestra
personas que buscan en los albañales
joyas extraviadas de los opulentos,
vadeando las heces rebuscan su pan.
Los chicos flacuchos de ojazos que sueñan
con sueños enteros hartos de mirar
barrigas hinchadas patitas de tero
comiendo reviro desidia y bacterias
duermen sus zozobras postergan su afán.    
Señor Padre Nuestro que estás en la Tierra
de las tentaciones y los mandamientos
de los condenados y sus sacramentos
de los despiadados y sus monumentos.
Perdón Padre Nuestro que estás en los Cielos
de los sin consuelo ¡Qué duro es el pan!



FOTO DE INFANCIA


La consigna era buscar una foto y luego escribir, explayarse.
Es que no sé lo que estoy buscando.
Por momentos me parece que es alguna de mi infancia. Pero sucede que de tantas en papel no encuentro la que quisiera. Porque claro, era en otro milenio y otro siglo, otra vida, sin digitalización. Y es por ese simple menester que no descubro una sola en la que pueda verme a mí misma.
Hay un par en blanco y negro, las miro y las miro y me cuesta encontrarme ahí. Lo primero que trato de sondear es mi mirada.
En una me veo sentada inmóvil sobre una mesita de patas torneadas, con mis bucles obedientes, metódicamente ordenados y me parece vislumbrar susto o una leve manifestación de enojo a punto de romper en llanto o desatar un berrinche. Había vivido algo menos de un año en ese momento atrapado.
La otra en la iglesia, mi primera comunión. Pero sucede que esa no era la yo de todos los días, la de mi vida real. Era una yo envarada, tiesa, metida en un vestidito blanco confeccionado para la ocasión, en unos zapatos nuevos, incómodos y feos, con un devocionario entre las manos enguantadas de blanco, simulado perfil de la piedad.
Y es ahí donde encuentro el amor de las manos de mi madre, y me empiezo a ir por las puntadas de los hilvanes y el pedal de la máquina Singer.
Y anda por ahí también mi padre consintiendo su mandato de inventar un viaje al pueblo exclusivamente para comprar los zapatos, la mantilla, sacar la foto. Un acontecimiento.
Pero detrás de todo eso me veo incómoda, con mis rodillas arañadas que no logran acomodo ni se rinden ante el agua y el jabón, con mi pelo recogido muy tirante y requintado y mi inútil resistencia a ser desenredado  con la inclemencia de mi madre y su eterno peine Pantera, del que yo huía con un salvajismo inservible ante su voz autoritaria. 
Y es justo ahí cuando consigo escaparme de la foto y entonces sí me veo. Ahora sí soy yo.
Yo  correteando por un patio de tierra, jugando a las bolitas o montando a caballo, subiendo al techo para evitar una tunda anunciada, construyendo molinitos de lata y perfeccionándolos de manera tal que giren según la orientación de la ráfaga,  trepando al olivo en marzo para que mi abuela prepare las inolvidables aceitunas negras.
Yo juntando caracoles a orillas de la laguna, esperando que la gallina ponga su huevo para descubrir por dónde lo larga, corriendo a mis primas de la ciudad con un sapo en la mano, adiestrando a los perros y hasta a los indomables gatos para que tiren de los carros de madera hechos por las manos de mi hermano y las mías, chiquitas.
Cierto, recién me doy cuenta que eran manos chiquitas ahora que las miro parada en este instante, porque la verdad es que antes no se me había ocurrido, mis manos eran mis manos y listo, estas mismas que ahora tipean. No me había percatado que por ellas también los años se deslizaron feroces e inexorables.
Y ahora que me tomo mi té de rosellas, que me saco fotos y las elimino, que miro la nada pasar por la ventana  mientras espero tejiendo polainas en elástico jaspeado, me sigo buscando en esos retratos palidecidos y me empiezo a encontrar.
Me veo frente a mi vida con todo lo feliz que fui, con todas las sorpresas, los logros, los tropiezos, los errores; con todas las ausencias y silencios que me fueron alcanzando. Entonces me doy cuenta de que si mil veces se me diera la oportunidad de volver a vivir una vida a elección, las mil veces volvería a optar por ésta.


EL OTRO COLÓN. (Si las cosas hubieran sucedido de otro modo)




Cristóbal Colón partió del Puerto de Palos de Moguer un día de verano tórrido en el hemisferio norte, cuando se iba terminando el siglo XV.
Estaba seguro que navegando siempre hacia occidente llegaría a Las Indias y si seguía avanzando un poco más volvería al punto de partida, porque dentro de su cabeza la Tierra era redonda.
Y efectivamente, llegó y tuvo la certeza de que así era.
Pero al final nadie se enteró.
Cuando al mando de la carabela de la reina se encontraba a un tiro de piedra de la costa, los habitantes de estas tierras lo tomaron prisionero. En medio de la resistencia algunos tripulantes murieron, otros escaparon y los heridos fueron llevados para ser curados por los chamanes y los brujos con fuegos y yerbas.
Después no se supo de ellos, porque los cambiaron como mercancías exóticas por papas y maíces con tribus remotas.
A Colón le asignaron una mazmorra especial para gente venida de otros mundos.
Al principio no quería comer, sólo aceptaba unos tragos de agua por la mañana.
Pero más tarde trató de comunicarse con la joven que le alcanzaba esa calabaza llena de chorros de rocío cada vez que salía el sol.
Primero fueron dibujos en el piso de tierra.  
Luego gestos.
Hasta que se acercaron tanto que empezaron a mirarse y entenderse.
Se aproximaron con miradas arreojadas, esquivadas, soslayadas, oblicuas, diagonales, rectilíneas, paralelas, directas, punzantes, agudas, penetrantes, subterráneas y profundas.
Inventaron palabras explicativas atragantadas, cavernosas, masculladas, apretadas, desesperadas, temblorosas, abatidas.
Se entendieron con voces largas, altas, canturreadas, destempladas, ondulantes, bajas, guturales, balbuceadas, gemidas.
Se descubrieron bajo el sol, la lluvia, el granizo, la niebla, las sombras, las lobregueces.
Se atraparon, se cataron, se bebieron, se tragaron, se absorbieron, se consumieron y se consumaron.
Y se olvidaron de dónde venían y hacia dónde iban.
Y por eso no hubo América y España.
No hubo indios y blancos, ni mita y yanaconazgo.
Ni Pizarro y Almagro, ni fortines y viruela, ni campañas al desierto.
No hubo negros, ni esclavos, ni chicha, ni limonada.
Ni nada.
Ese fue el otro Colón.   
                                                                             

PRIMAVERA



La tierra da vueltas cargando a su séquito de seres vivientes entre los que estamos incluidos, sin que siquiera nos percatemos de la velocidad a la que viajamos por el infinito que se nos antoja azul celeste, siguiendo una órbita imaginaria.
Y ahí vamos. Dando vueltas, centrifugándonos al tiempo que nos desplazamos, con los pies y las raíces  aferrados a la superficie, sin quedar  en ningún momento patas arriba y sin caer a ningún vacío.
Sin que - por suerte-  el agua de océano alguno se derrame en el espacio sideral, esparciendo todo tipo de peces y ballenas, salpicando lunas, estrellas y hasta peligrando apagar el único sol que por ahora tenemos.
Sin que los pelos se nos batan o se nos vuelen los sombreros. Sin que salgamos despedidos y despatarrados, aventados quizá hacia qué mundos ignotos.
Ahora nos toca asomar por el  lado más cercano al sol, a raíz  de un eje imaginario que está algo inclinado.
Y de pronto toda la vida florece, siente la necesidad de multiplicarse y estalla en una explosión de colores y aromas.
Yo no sé si habrá un ojo gigante que nos ve dar vueltas enloquecidos en un pedazo de roca redondeado de tanto girar, mientras vamos  anotando escrupulosamente ese tránsito en un cuadro al que llamamos calendario.